La perseverancia y su importancia en el desarrollo


Según La Real Academia de la Lengua Española, la perseverancia es la acción o el efecto de “mantenerse constante en la prosecución de lo comenzado, en una actitud o en una opinión”. Es lo que hace que nos mantengamos firmes al momento de perseguir nuestros objetivos o metas, para obtener el resultado deseado.

Writen by: Lic. Elaine Wolfenzon (Psicóloga Educacional) |17-06-2021

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Según La Real Academia de la Lengua Española, la perseverancia es la acción o el efecto de “mantenerse constante en la prosecución de lo comenzado, en una actitud o en una opinión”.[1] Es lo que hace que nos mantengamos firmes al momento de perseguir nuestros objetivos o metas, para obtener el resultado deseado.

La perseverancia supone un esfuerzo continuo y necesario para buscar soluciones frente a las dificultades u obstáculos que se vayan presentando en el camino. Implica disciplina, organización y compromiso. De igual modo, con persistencia, se obtiene la fortaleza de carácter necesaria para no dejarse llevar por lo fácil y cómodo. En ese sentido, es esencial cultivar la motivación, especialmente la intrínseca[2], a través de actividades atractivas, significativas, participativas, cooperativas y que incentiven la curiosidad.

Es importante señalar que no se nace siendo perseverante, sino que esta cualidad se desarrolla a lo largo de la vida. Por ello, es fundamental que los niños aprendan a ser perseverantes desde temprana edad, ya que esto les brindará estabilidad, confianza en sí mismos, seguridad y la oportunidad de madurar. Así, les estaremos dando a los pequeños una herramienta muy valiosa para los distintos ámbitos de su vida. Se podría decir que al cultivar la constancia estamos contribuyendo a que muchas de las demás virtudes se desarrollen y también a que los proyectos y metas puedan llegar a hacerse realidad.

En esta línea, es necesario que los chicos entiendan y se sientan capaces de realizar la tarea que se les encomienda, evitando en lo posible el fenómeno de la desmotivación aprendida, que da pie a que los chicos pierdan las ganas de realizar el esfuerzo y de seguir intentando porque dan por hecho que van a fallar. Por ello, en edades tempranas y en primaria es fundamental transmitir el deseo de intentar sin temor a fallar, y que el error sea parte importante del proceso de aprendizaje.

Debe quedar claro para los chicos que los momentos en los que dan una respuesta equivocada o cometen un error están llenos de oportunidades para aprender. Contrariamente a lo que muchos pueden suponer, cometer un error y recibir retroalimentación para poder corregirlo es una de las maneras más poderosas de adquirir y retener un aprendizaje. El punto está, entonces, en cómo reaccionamos ante una respuesta equivocada y en cómo los ayudamos a aprender de sus errores. En este contexto; sin embargo, es importante distinguir entre la persistencia y la necedad, aquella que no reflexiona y persiste en el error. “Si errar es humano, persistir en el error es frustrante y poco productivo”, además que conlleva a una pérdida de la motivación.

De esta forma, si en lugar de ceder ante la frustración de un error podemos trabajar constructivamente para entenderlo y evaluar la estrategia que hemos usado para resolver el problema, ayudaremos a que los aprendizajes sean más sólidos que cuando nos limitamos a memorizar o dar la respuesta correcta.

En lo que al desarrollo se refiere, es a partir de los tres años que los niños empiezan a tomar conciencia de las implicancias que trae consigo el enfrentarse a diferentes retos. Comienzan por entender lo que significa el ser persistente y comprenden la importancia del logro con pequeñas tareas cotidianas. De este modo, los pequeños aprenden que es necesario realizar muchas veces la misma acción para lograr el éxito; por ejemplo, al aprender a vestirse y desvestirse sin ayuda, cepillarse los dientes, ponerse y atarse los zapatos o comer solos.

Para que los pequeños logren alcanzar las metas que se han propuesto, es importante que los adultos que los acompañan sepan regular el nivel de dificultad al que van a ser expuestos. Además, es fundamental ajustar la exigencia al nivel madurativo y, sobre todo, cuando son pequeños valorar el esfuerzo y los avances por encima de los resultados. De esta manera, evitaremos que el aprendizaje termine en intentos poco fructíferos y que se apodere de ellos la frustración y la desmotivación.

En general, para que los chicos se enfrenten con mejor disposición y energía a las tareas, es aconsejable desagregarlas en pequeños “tramos” o acciones de manera que la meta a lograr sea más cercana y realista. Además, se recomienda intervenir con refuerzos positivos, que los alienten a seguir y a perseverar hasta lograr el objetivo final. Por ejemplo, si la meta que queremos alcanzar es que el niño ordene su habitación, debemos enseñarle a recoger sus juguetes, colocar su ropa sucia en el cesto y dejar los zapatos en su lugar. Esta tarea se irá consolidando con la rutina, el aliento y la constancia. La primera vez tomará más tiempo y será necesaria la ayuda del adulto, luego la tarea se irá haciendo más sencilla y finalmente el niño logrará hacerla de forma independiente y de manera rutinaria.

En este periodo de aprendizaje es importante no presionar ni sobre exigir a los chicos. También, es fundamental ser pacientes y darles el tiempo prudente para hacerlo. Recordemos que cada niño tiene su propio ritmo y es necesario acomodarnos a sus necesidades sin dejar de enseñarles y exigirles en la medida de sus posibilidades.

La perseverancia se adquiere en el día a día, a través de las interacciones del niño con su familia, la escuela y el entorno que lo rodea. En este sentido, es fundamental que la familia, como primer agente socializador, le brinde modelos estables y constantes, que le permitan entender que debe permanecer firme en sus emprendimientos y acciones para conseguir lo que se propone. Así, tanto padres como maestros le enseñarán al niño, con su ejemplo, a ser perseverante. Por eso, es importante que sean constantes en las actividades que inicien y persistentes al hacer cumplir las normas y acuerdos establecidos. Si mostramos firmeza frente a las dificultades y asumimos el compromiso de enfrentarnos a ellas sin miedo estaremos dando un buen ejemplo y motivando a los chicos a luchar por aquello que desean.

La vida en familia le ofrece al niño un sinnúmero de oportunidades para practicar y aprender la perseverancia, así como también la tolerancia a la frustración y el autocontrol. Algunas situaciones que podemos plantear como ejemplos pueden ser el hecho de tener que esperar por la satisfacción de sus necesidades, aprender a perder o a ganar en un juego, ser capaces de esperar su turno, identificar sus errores con la ayuda de sus padres y esforzarse por corregirlos o aprender de ellos, practicar un deporte, realizar tareas cotidianas, entre otras.  

Igualmente, la escuela se convierte en un ambiente propicio para estimular la perseverancia en los niños: resolver problemas en equipo, hacer tareas, estudiar, defender su opinión frente a los demás, sacar un proyecto adelante, etc. son algunas situaciones a las que se enfrentarán a lo largo de su vida escolar.

Poner en práctica esta virtud nos permitirá cumplir los objetivos planteados a lo largo de nuestra vida, ya sea para actividades personales, económicas, sociales o profesionales. Mantener el rumbo en el camino planteado no es fácil, sortear las distracciones, dificultades y tentaciones que vayan surgiendo en el proceso requiere de mucha fortaleza de carácter, voluntad, entereza, paciencia. y, sobre todo, empeño.

En general, para fortalecer la perseverancia, es necesario desarrollar la fuerza de voluntad, la disciplina y la búsqueda de la excelencia. Además, es fundamental tener claros los objetivos que se quieren lograr e inculcar algunos valores tales como: el orden, el trabajo y el esfuerzo que se requiere para que puedan aprender, ser responsables y alcanzar lo que se proponen.

Referencias

 

[1] Diccionario de La Real Academia de la Lengua Española. En: http://lema.rae.es/drae/?val=perseverar

 

[2] Motivación intrínseca: relacionada con la sensación de logro que produce la actividad en sí misma.

 

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